Bienvenidos a la tauromaquia

"Pure". Natalie Kukulka, submitted photos to Collage, one of which was chosen for the cover of Collage 2012. Con...
April 07, 2012

Sandra Aguilera was born in Mexico City, and currently resides in Grayslake, Illinois with her husband.  A full time employee at Lake County College, she is currently enrolled at Lake Forest College with a double-major in Latin American studies and Spanish.  In January 2012, she obtained her U.S. citizenship after almost 12 years since first applying for residency. Sandra enjoys walking, reading, listening to music, and editing home movies; nature, family and books ignite her life on a daily basis.

El barullo, risas y regaños se escuchaban por donde lo colocaran a uno bajo ese sol quemante de la ciudad de México. Muchas escuelas fueron invitadas a gozar de un espectáculo como premio o porque necesitaban multitudes para demostrar que sí había público para tales pasatiempos. La mía no fue la excepción, aunque me permito agregar que nuestra escuela era de las pocas secundarias oficiales en donde los pupitres se reservaban simple y llanamente “para señoritas”. Este detalle hacía duplicar los decibeles de murmullos que en nuestro derredor se escuchaban. Iban y venían de un bando a otro; mejor dicho, de una escuela a la otra.

Todo esto complementaría lo que para muchos de nosotros fue la bienvenida o, como se dice en México, el “remojón” que nos dieron los mayores al mundo taurino.

Después de un rato largo de espera  bajo el sol de las once y acompañados de improvisados puestos de fruta fresca y raspados de grosella, mirábamos los borbotones de criaturas descender de los incontables camiones escolares. Los maestros nos guiaban y formaban filas cuyo destino inmediato era poder cruzar el quicio de una de las puertas de la Monumental Plaza México. Lo siguiente era buscar asiento en las gradas de madera que bordeaban la plaza a modo de centrífuga. El ver las gradas y la forma de la plaza le hacía a uno imaginarse que la arquitectura se había logrado de la misma manera como el artesano moldea la figura de barro en el torno: angosto en su parte más baja y ancho en la superior.

Subíamos y subíamos las gradas de madera desgastada por el clima y el uso. Nuestra escuela fue de las elegidas en coronar de color verde oscuro la periferia de la plaza. Era curioso ver los colores tan vivos que salpicaban los sectores de la plaza; en unos muy parejos de color rojo, otros de color azul, y el nuestro verde. Todo se iba tiñendo poco a poco de un blanco intenso a medida que nos rebelábamos a seguir llevando el suéter que representaba cada escuela. Muchos de nosotros lo llevábamos rodeando nuestra cintura para refrescarnos un poco y para no brincar como resortes después de escoger nuestro lugar.

No entendimos algunas de nosotras porqué había tantos desmayos. El diagnóstico popular fue que el vértigo había sido el culpable de tantas visitas a enfermería. Yo sí le puedo dar crédito a tal dictamen pues no era nada agradable sentirse en esas alturas y para colmo, como a muchos de nosotros nos pasó, salimos de nuestras casas con un pan y café en nuestros estómagos y otros sin haber probado bocado antes. El ayuno lo agravaba. Y eso que todavía no empezaba el espectáculo y el sol se encontraba en el cenit indicando el mediodía.

No acabábamos de palparnos la coronilla, que para entonces estaba que ardía, cuando sale el animal enfurecido y barriendo la arena. Era un toro imponente. Desde las alturas lo veíamos pequeño, del tamaño de una uña, pero no queríamos imaginarnos cómo sería lo que sentían los que estaban cerca de la barrera. El bramido violento se escuchaba hasta donde se encontraba mi escuela. Fue el momento en que salió el torero con sus ayudantes cuando entendí por qué le llaman trajes de luces al atuendo que llevan. En realidad, era un deleite verlos contrastar con el pelaje negro de su víctima.

El cuero manchado de sangre del animal iluminado por el sol de las doce, me hacía recordar la brea que se usa para remendar carreteras pero después del coro repetido de  “olé… olé” dio paso a lo que tantos esperaban sin dejar de parpadear. Fue inminente y certero: el torero dio muerte al cornúpeta con su curvada espada.

El derrumbamiento del toro, las alturas y el ayuno fue la combinación que acabó por desquiciar las filas de alumnos por los desmayos.  Me pregunto, ahora en la distancia de años, cuántos de los que asistimos a esa plaza nos volvimos aficionados o detractores de un deporte con tanta historia y simbolismo después de ese “remojo” de sangre y luces.